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RABOS DE LAGARTIJA



«Con el tiempo, se ha ido adueñando del mundo de Marsé y de su estilo narrativo una sabiduría que solo está al alcance de los mejores.» Enrique Vila-Matas

De nuevo nos encontramos en ese escenario literario que Juan Marsé ha sabido retratar como ningún otro escritor, el de la Barcelona de la posguerra. Entre las chabolas que pueblan el barranco de un barrio periférico, confundido a veces con un vertedero, se encuentran los personajes inolvidables de esta historia, unos personajes que aunque vean sus sueños frustrados por la realidad repetidamente no dejan de luchar por sobrevivir y desprender esa vida, entre el sueño y la realidad, que los hace irrepetibles. El amor y muerte luchan entre si en el corazón de los personajes en medio de las desgracias que intentan devorar la tenue fantasía que traza caminos a la nada para escapar.

Aunque Juan Marsé durante toda su trayectoria literaria ha sido fiel a sí mismo desde su primera obra Encerrados con un solo juguete (1960), a diferencia de otras obras anteriores, la ironía burlesca que impregnaba su escritura se ha ido diluyendo hasta transformarse en una especie de nihilismo tierno sin sentimentalismos pero dejando que la poesía se pueda reflejar en sus líneas. Aunque la crítica social en la novela esta presente, los límites de esta parecen haberse difuminado, vencedores y vencidos parecen confundirse con el paisaje mísero de la posguerra, el dolor ya no se aferra a personajes con tintes heroicos o abismos de maldad, sino que campa sin dueño y en soledad, recogiendo fragmentos de esperanzas o ni eso, simplemente siendo un palpitar que se puede reconocer a través de las palabras.

David vive con su madre, ya no va al colegió, lo echaron, así que no tiene nada mejor que hacer en todo el día que andar con su amigo por un barrio medio en ruinas recolectando rabos de lagartija para sus pócimas. El perro que recoge, Chispa, casi ya no le queda ninguna chispa de vida, demasiado viejo para hacer honor al nombre que su nuevo amo le ha dado con toda la ternura del mundo. David habla con el curioso narrador de la historia, el feto que anida en el vientre de la pelirroja, su futuro hermano, e intenta evitar esa relación que va surgiendo con el comisario Galván y su madre. Por medio de este ingenioso recurso narrativo, Marsé consigue introducir un tinte cómico a la novela y también su ya utilizada estructura poliédrica de puntos de vista y consigue no dejar de lado la oralidad en la escritura, dejando que los personajes hablen por si mismos. La trama, que rompe con el orden cronológico lineal se estructura en base a las diferentes anécdotas de carácter envolvente que consiguen atrapar desde el primer momento al lector.

David también anda solo acompañado siempre con un extraño zumbido en los oídos que le permite hablar con muertos y desaparecidos, personajes como su padre o el piloto de la RAF, más perdidos que él en el mundo de su imaginación por la historia que los ha derrotado y los ha olvidado. La pelirroja teje y trabaja demasiado, inconsciente de una enfermedad que la acecha, aceptando a disgusto que aquél futuro prometido su derrumbó inevitablemente con la derrota de la guerra, antigua profesora, ahora dialoga con el silencio, el vació que ha dejado su hijo muerto en la guerra y un marido desparecido, vencido por el franquismo y por el alcohol, por sus propios sueños que terminaron haciendo de él la sobra de lo que un día quiso ser.

Rabos de lagartija, novela galardonada con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, corrobora la condición de Juan Marsé como uno de los más grandes novelistas del actual panorama literario europeo, un novelista de raza, de los que dominan a la perfección la creación de mundos tan propios como verosímiles.

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